Acendrado discurso de soledad y de vacío. Y el vacío, tolerado, indemne de los callejones últimos de la noche que nos circundan y acompañan en los regresos, fértiles de orfandad, filigrana de llanto, locura y esperpento. Ceremonial absurdo del recuerdo incompleto, desfigurado, trasunto encubridor de no tan buenos tiempos. Luces ganadas al crepúsculo de los sueños. Maleficio de sábanas, licores, pobres filtros eludidores de angustia. Santuarios ungidos de metanol y hedor humano; légamo espeso en los bajos del afecto. Libaciones errantes que nos vierten en las avenidas del abandono. Baldía persecución cinegética, matasellos límbico de absurdo tatuado en nuestro pecho quebradizo, débil, inerme. Rondador barato de la expectativa. Y luego asoma la certeza flagrante de todo lo que no habrá de llegar, con carácter inmediato, al menos. Interminables jornadas de destilación, ajeneidad y cuestionamiento. Dubitación, hastío. Replanteamiento. Desarrollo de la novela que nos reescribe a cada movi...