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Mostrando las entradas etiquetadas como Cuentista

El desequilibrio de todo

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Creo que ella lloraba y creo que no recuerdo muy bien lo que yo sentía. Quizá sólo esperaba. Esperaba que cambiara el mundo, que la humanidad no fuera un cúmulo de seres fríos y despiadados, que yo dejara de integrar ese patrimonio triste que desprovee las palabras de contenido y los sentimientos de esperanza. Pero el mundo no ha cambiado y tampoco podemos creer en los milagros, porque hemos asesinado a los profetas y los ideales, bueno, hace demasiado que los ideales parecen eslóganes publicitarios malvendidos. Afuera en la calle llueve, adentro también, y me cuesta entender a los optimistas. Un optimista mira este gris óvalo desteñido y quiere creer que, tal vez no lloverá. Yo aún no he salido de casa y me estoy empapando. Hay gente que corre, que no sabe pero busca, y no encuentra el sentido a este chiste tan mundano. Se desentrañan dormidos vientres de paraguas, subyace un vetusto hilo de cobre que dirige el destino de todos a cualquier lug...

Beálogo de disúgos

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¡Broum, broum! Un rugido que parece un eructo aguardentoso, y luego se cala.   Bufidos. El contacto sonando como una carraca masajeando carne picada. –Minta pal, joven. Eso va a ser la cula de la juntata. –Pero eso no es posible, ¡el coche está prácticamente nuevo! Esto… perdone, ¿qué ha dicho que era? –La cula de la juntata, din susarlo. –Oiga, usted habla un poco raro, ¿no? –Ya lo sé, me pasa epiblásicamente desde niño, cuando me excito. En el disléxico me llamaban colegio. –Ah, no sabe cuánto me alegro. Bueno, pues lo que le decía, el coche está recién estrenado, no puede estar averiado. –¿Cuándo dice que lo compró? –La semana pasada. –Pues le recomiendo que vaya a la casa. –¿A qué casa? –A la de empeños más cercana. Le doy un mes de vida a su coche. –Ah, pues muchas gracias por alargarle la vida a mi coche. ¿Cómo adquirió esa habilidad singular? –¿Tanto se me nota que me estoy masturbando con el oscilobatiente de mis orejas mientras habla...

Soñé que era una martucha y mordía a Paris Hilton

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Soñé que era una martucha y recurría a la espeleología de mis propios genitales cuando me venía en gana. Jugueteaba con mi apéndice respingón como prócer financiero con los hogares de un país. Paris Hilton me bautizaba como Baby Luv y yo mordía a la mentecata para demostrarle mi parecer sobre el asunto y también un poco por higiene mental, porque no soporto a las petardas adineradas   –tampoco a las pauperrimizadas–. Paris iba para estulta pero quedó relegada a los puestos de cabeza en la clasificación de vulgares pedorras anodínicas, alumbradas por este mundo hueco, como oquedad cerebral asignada   a honradez de político contemporáneo. Yo me iba por las ramas, un poco por aquí, otro poco por allá, y no reflexionaba mucho, más bien actuaba, como mis esposas en otras vidas sus orgasmos fingieran para que yo de una vez terminara, y no tenía mucho seso, pero en este huracán de zozobra mundial, tampoco lo precisara. Luego me conmovía con las pequeñas cosas: una pequeña for...

Parece el mundo un supermercado

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Está muy bien. Parece el mundo un supermercado. Las tienen en un catálogo en internet. Es el progreso. Todo informatizado, debidamente catalogado. Las hay blancas, negras, amarillas, de todos los colores. Expuestas y fotografiadas convenientemente: por delante, por detrás, primeros planos, detalles. Te puedes hartar de contemplar sus curvas. De imaginarlas a todas, de lo que harías con ellas si las tuvieras contigo. Así funciona el mercado: inoculando deseo. Uno no sabe que necesita ver la última película de moda o leer el libro más vendido porque desconoce que existe. Es la poderosa maquinaria publicitaria la que introduce preferencias en la elección del consumidor. Puede que el mundo esté lleno de novelas, películas maravillosas que te cambiarían la vida pero, si no son promocionadas adecuadamente, comprensivamente –de modo que lleguen hasta ti– nunca sabrás de su existencia. Yo ahora accedo a un portal de internet y de pronto, experimento la punzada del deseo. Las deseo a todas; bl...

Como un enterrador responsable

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Me levanto al alba, ojeroso y cansado, como un enterrador responsable. Abro el desplegable de mi jornada bien temprano, soy muy disciplinado y trabajador. Desayuno al abrigo de una lámpara minúscula que me aparta del inventario de la oscuridad, que hurga en el corazón del silencio. Luego dar vueltas a esto. A lo otro. Que si esto. Que si lo otro. Así transcurren mis horas. El desperdicio que encarno, la insensatez que personifico. Mi cabeza es una esfera de bingo repleta de bolas que no traerán premio, pero se complace con el vaivén del sorteo, la papeleta inútil, el desvarío escogido. Mi vida es servir a los demás. Y follar. Follar y servir a los demás. O quizás servirlos mientras me los follo, a un tiempo. Que me sirvan para follar, es la medida de mi tiempo. Creo. Pero no resuelvo nada. Y mientras tanto, no decido, que es lo que me aterra. Porque yo soy mis miedos, tengo que decirlo. Miedo a las decisiones. Miedo al vacío de saberme herido. Miedo al compromiso; el compromiso es un d...

Enric y el vacío

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Enrique Cimientos se tiró un pedo tan horroroso en la ducha que tuvo que salir apresuradamente para no morir gaseado. Se había administrado a sí mismo tratamiento de judío holocáustico, sin quererlo, aplicándose la Solución Final. No había comido legumbres ni nada por el estilo, y tampoco esa tarde había padecido flatulencias. Pero ya se sabe, lo de peerse es como la fatalidad, en ocasiones acontece la tragedia cuando menos te lo esperas. Enric –como le apodaban sus amigos del club de golf– salió de la ducha de mármol de carrara y se quitó los restos de espuma de gel (de sales termales de Karlovi Vari) con la toalla. Reflexionó un momento sobre el inconveniente de discurrir por la vida sin objeto alguno, y más tarde sobre la metástasis progresiva de todo organismo vivo. Luego pensó sobre un par de arreglos que convendría hacer en la eslora del yate familiar. Luego dejó de pensar. El pensamiento en exceso era como la vida: tedioso por acumulación. Cogió en aquella ocasión el BMW deporti...

Toda esa nieve

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Tenemos toda esa nieve, todos esos edificios post comunistas, toda esta tristeza gélida; nuestros aparatosos sombreros con pelo, estos rostros ajenos de mejillas sonrosadas que contrastan con la dureza del cielo; los ojos fríos como simetrías de cisne. La rigidez áspera alojada en los genes. Esa melancolía de tundra en el vano de la noche nos acompaña en silencio, como una procesión de días perdidos en la sucesión de la vida. Moscú en fiestas es una ciudad hermosa, dicen. Las tiendas y grandes superficies se mantienen permanentemente iluminadas a lo largo de la calle Tverskaya, la plaza Pushkin se cubre de farolillos y el centro se llena de personas estúpidas que se complacen en pasear durante horas observando tras los escaparates las cosas que nunca podrán permitirse comprar. Las amplias vías a ambos lados del Moscova son surcadas por veloces taxis rojos que parecen apresuradas hormigas abandonando el corazón de un hormiguero quebrantado por la tormenta. La gente no parece feliz ni t...

Val Kilmer y la cremación

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El antes y el después, te jodes del revés. Debía ser mediodía cuando se despertó. Val Kilmer se miró al espejo y no le agradó el cachalote que vio al otro lado. «¡Puta mierda!», se dijo. Unos cuantos años atrás había sido un auténtico sex symbol, el terror de las nenas, las vaginas se empapaban y los labios –los de arriba y los de abajo– daban palmitas rijosas suspirando flujos varios por su cuerpo serrano. Pero, ¡ay amigos! ahora parecía una muñeca pepona mismamente. Era una auténtica putada esto de envejecer sin delicadeza. Todavía recordaba nítidamente la de fiestas de la jet set y orgías sin fin que se había corrido en Los Ángeles, Hollywood o Nueva York –por poner tres ejemplos– en los días en que surfeaba en la cresta de la ola cinematográfica. Pero ahora estaba acabado. Sí, tenía pasta, claro. Estaba forrado, pero algo se había perdido en el proceso, de un modo trágico. Probablemente su silueta homínida. Ahora compartía más características anatómicas con una foca constrictora qu...

La primera vez que vi un muerto

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La primera vez que vi un muerto, (por Wendy Guerra). "Los brazos llenos de muerte blanda / él no es más que uno de esos / cuerpos que el mar escupe de los esteros, / tronco de árbol, animal u hombre / y baila en una playa remota / una danza con el tiempo que transcurre / de las olas a la arena. / El cuerpo sin rostro enfrenta el infinito / y del cielo ni siquiera un gesto / de bendecida amargura". Albis Torres: Los niños hablaban de la rigidez que no permite arrastrar los muertos, traerlos desde el río como trofeo de guerra, los adolescentes de las apariciones en los campamentos, y un novio me comentó del rictus de la muerte, ese gesto que aparece en la cara de quien la pelona lo está llamando. En mi casa hablábamos con Erculano, el muerto que cuidaba la familia, venía en las noches, nos consultaba mes por mes. Sin su anuencia no podíamos operarnos, ni divorciarnos, ni dejar el país. Era un muerto invisible. Él lo predijo: cuando mi madre cumple 48 años, pierde la memoria. Ol...

Nos vamos hundiendo

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Es un videocip, de un tal Sak Noel. No sé quién es, pero al minuto del videoclip comprendes que eso no importa, no importa en absoluto. Supongo que las imágenes no tienen porqué ir relacionadas ni directa ni indirectamente con la música, pero en estos casos, las imágenes casi no necesitarían ni ir asociadas a nada: son un todo en sí mismas, una plétora, un exceso, oscura flor de concuspiscencia. Sale un montón de gente, mujeres jóvenes principalmente, en bañador y meneando el culo, contoneándose; desfilando por una pasarela montada sobre una piscina, improvisada al albur de un bosque de pichas. Una cohorte de tipos con cara de estar sufriendo un choque testosterónico ante tanta carnaza expuesta en el asador, farolillos rijosos a punto de explotar, invadidos por el afán libertario de sus pelotas justicieras. Tiene su gracia. Es curioso comprobar cómo el sexo ha ido estableciendo su omnipresencia en los medios, paulatinamente, desbancando a la sugerencia o la sensualidad, el atisbo o la ...

NO a la privatización del agua

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Miro al suelo y leo en tinta roja "NO a la privatización del AGUA". Así, por de pronto, esbozo un posible argumento para novela de ciencia fricción: Estamos en el año 2050. El terrible legado de los privatizadores de agua ha dado lugar a que el agua cueste el doble que la cerveza: El resultado final es que, a mediados del siglo XXI, la mitad de la población es alcohólica crónica y la otra mitad padece de cálculos en el riñón por secundar las políticas de recesión fiscal. Banda sonora del trailer de la peli: Aphex Twin - Heliosphan. (Por cierto, qué pena que este hombre no hiciera musiquita en la época de Blade Runner. Me hubiera encantado que contribuyera con esta o con Xtal, pogamos por caso).

Antes de atender al invierno

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Un cielo azul de verano y escamas de sal, como un segundo verso en nuestra estrofa adormecida, cubriendo la temporalidad de la piel primera, la vulnerabilidad de nuestra carne, vehículo de felicidad momentánea. Las dunas de arena son minaretes de oro extraviados en la superficie salaz de nuestro amañado reino temporal; un hueso de aceituna sobre la garganta seca, como la polvorienta senda que lleva a esta canción que habita en mi cerebro; la que apedrea mi alma. Ella y yo debiéramos escalar más alto, más allá de nuestro fuego, del incendio del sol, de las inquietas miradas apenas esbozadas, anhelantes; de los intersticios de calma en el mercado bursátil del exceso; de la calma triste de los tejados. Los atisbos de tormenta en el proceloso firmamento de nuestro cuerpo, estragado como la glotis del ahorcado. La brisa que susurra mentiras del pasado a esta parte, es mis ojos y mi pensamiento, la reflexión acerca de la vida ultraterrena que no consigue arrancarme de este lado del camino qu...

El hombre que susurraba al gotelé I

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Dicen que el tiempo lo borra todo... Pero es mentira, no borra el gotelé. Ahora que me has echado, melancólico, rasco las paredes rugosas del trastero en que habito por la crisis: una dermis de alquiler. A veces recuerdo tu piel, cómo era entonces, cuando la acariciaba, cuando te rascaba como a un gatito y me vengo abajo. Pero hay que seguir, no existe otra manera. Siempre ocurre así. Las cosas duran un tiempo y después terminan. El ser humano coexiste en ciclos; la vida tiene sus fases. Nuestra naturaleza propia nos remite a un constante cambio, no sé por qué la gente lucha toda su vida contra eso. Parecen obstinarse contra el devenir natural de las realidades colectivas. Aspiran a una estabilidad universal; un trabajo fijo para toda la vida, una relación sentimental perdurable y una prole de filiación propia –y, por tanto, vinculada a nuestro ser perpetuamente, al menos, biológicamente hablando–. Y más veces de las deseadas, yerran en pos de un sueño inventado que no hace honor a la...

No son buenos tiempos

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No son buenos tiempos, ya lo sé. La crisis, claro. La cosa está muy mal. Naturalmente. Salgo de noche y ya, la vida nocturna que me gustaba, no es lo mismo ni por asomo. Voy a los bares, me pido algo y espero. Espero que haya suerte, poder pescar a alguna tipa incauta a la que engatusar y llevarme a mi guarida, pero no hay manera. A las pocas personas que pasan por allí las sigo con la mirada, intento llamar su atención, pero siempre están inquietas y esquivas. Como mucho se toman un par de cañas y luego se largan de allí. Todo el mundo parece estar de paso últimamente en esta ciudad. Menos yo. Yo sigo ahí, viviendo de noche, como he hecho siempre, pero la gente ya no sale como antes. De hecho, casi ni sale; un ratito y venga, para casa, que hay que ahorrar. Debe haber una epidemia de tristeza en la ciudad. Y yo hace como cinco siglos que no pillo. Llega un momento que me planteo probar cosas nuevas y miro a los hombres, jóvenes, no tan jóvenes y maduritos. Incluso acabo mirando a los ...

Pasaban cosas

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Pasaban cosas. Siempre estaban pasando cosas. Pero casi nadie se daba cuenta. Un día, en el río, Rupert miró la oscura corriente y notó cómo desde el agua, ocultos por una sombra opaca, los ojos de las burbujas grises miraban a los hombres. Otro día se escondió astutamente para espiar a las veletas, que, aprovechando el opaco velo de la noche cerrada, abandonaban los tejados para señalar clandestinamente destinos que jamás conocería el hombre. Descubrió que los objetos inanimados poseían vida. Lo único que ocurría era que los seres humanos eran demasiado torpes y estúpidos para entender sus movimientos; para comprender que no hay una sola verdad, sino múltiples, y que a veces, creer que sólo existe una senda para llegar a tu destino es la manera más efectiva de perderse. Las personas solían extraviarse en lo sencillo, ¿cómo pedirles pues que se dieran cuenta de la realidad que subyace tras montañas de estupidez y mentira? Pero Rupert era distinto. Siempre lo fue. Tenía el don de una p...

El ladrón del tiempo

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No puedo creer en qué me he convertido. Mi conciencia pecuniaria necesita un justificante de pago. Mientras, mi corazón se declara insolvente. Es la crisis. Claro. ¿Qué va a ser si no? Hoy no nos quedan domingos por la tarde, ni conciencia social, ni agravios, ni deseo, ni tristeza ni multas de tráfico. Bueno, puede que multas sí. Para no olvidar el altruismo de circunvalación; el voluntariado de extrarradio. Para permitir apurar un poquito más el legado de Midas en los ayuntamientos. Cuando entro en los servicios públicos, según meo, un tipo entra en un retrete, echa el cerrojo y se pone a hablar. Parece una conversación. Un largo parlamento. ¿A quién o qué le estará hablando este filisteo? Lo normal es pensar que le estará hablando a su canario, pero no. Le habla a su soledad, que se ha vuelto una grande y libre, como la crisis. Como el desespero de una mosca tratando de huir de un pastel de merengue. Este es el fango en que nos solazamos. En un mundo desolado, carcomido por el amor ...

Existe una alternativa a la masturbación, pero habla demasiado

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No me gusta esa chica. Tiene nariz de cocainómana. Así, con las aletas de la nariz muy ensanchadas. Como pequeños cráteres. Me da repelús. La otra no está mal pero es rumana o estonia o de no sé dónde. Señoritas que se quieren casar por los papeles. Hay una sudamericana bastante guapa. Chiquitita. Tiene novio pero está abierta a conocer gente. Nunca se sabe. El problema es que cada vez que leo las cosas que pone en su perfil, un escalofrío me recorre el perímetro escrotal. Ella es ultra católica y da gracias a su "diosito del alma" todos los días por ser tan bueno con ella. Da gracias por tener unos amigos tan geniales. Por tener una familia tan unida y santa. Por tener trabajo. Joder. Tira para atrás. Me pregunto si cuando su novio se cuaja en el sofá viendo la peli del viernes noche, le da gracias por ese hedor a putrefacto tan generoso y duradero. Así pierdo yo el tiempo. Eso cuando no me quedo atocinado, vislumbrando el infinito en las pelotillas de la alfombra o la trasc...

Confesiones de un gusano

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Sentado en la acera mojada, echo un cigarrito. Espero. Observo al gusano que sale cuando llueve, cuando se dejan caer las gotas como bombas sobre Berlín. Gusano gordo, lento, viscoso. Tan frágil, tan silencioso. Me gustan los gusanos, tan próximos a la nada y sin embargo tan reales. Aún queda tiempo y todo puede pasar, pero la promesa de renacer, de la crisálida, ondea en la sombra de tus retorcimientos. No importa el gusano, sólo el flamígero tumulto del viento. El horror de vivir en lo sucesivo. Como siempre, está todo listo. Sólo falta la víctima. Pito, pito, gorgorito… Por eso me zambullo en la noche despeinada. Por eso enumero los cuerpos que encuentro en la fosa común de la vida. Como un funcionario del tercer Reich durante el recuento. Elijo a alguien. Aniquilo el libre albedrío, como un boleto de lotería obsoleto. Parado frente a la discoteca, presiento una víctima. De nuevo, vuelve a pasarme. Siento que tengo que hacerlo. Siento que es ella. La elegida. Me carcome el impulso: ...