El nabo de Putin
El nabo de Putin Volvía en el tren desde el Kremlin cuando empecé a sentir que algo no iba bien. Se me nubló la vista y todo dejó de tener importancia relativa. Como la nieve. Como la inquietud mundana del ciudadano medio. A duras penas podía ir sentado sin desmoronarme como una plasta de vaca cayendo al suelo. Cerré los ojos y apreté fuerte, como el recto de una actriz porno que se declara en rebeldía. ¿Me habrían envenenado? ¿Sería mi antiguo amor frustrado, Ylenia? Esa arpía me tenía bien cogido, no había escapatoria. Siempre maquinando, siempre jodiendo. La mujer domina siempre al hombre por perseverancia mientras él está distraído con cualquier otra gilipollez. Pese a que los dos sabíamos que no valía nada, era mi coño de la guarda. No lo necesitaba, pero siempre acaba volviendo. De ahí nacía su poder. Poesía eran los contornos al viento de su vestido. Tenía un coño como el Hermitage: de dominio público. Era la feminidad misma. Má...