Enric y el vacío
Enrique Cimientos se tiró un pedo tan horroroso en la ducha que tuvo que salir apresuradamente para no morir gaseado. Se había administrado a sí mismo tratamiento de judío holocáustico, sin quererlo, aplicándose la Solución Final. No había comido legumbres ni nada por el estilo, y tampoco esa tarde había padecido flatulencias. Pero ya se sabe, lo de peerse es como la fatalidad, en ocasiones acontece la tragedia cuando menos te lo esperas. Enric –como le apodaban sus amigos del club de golf– salió de la ducha de mármol de carrara y se quitó los restos de espuma de gel (de sales termales de Karlovi Vari) con la toalla. Reflexionó un momento sobre el inconveniente de discurrir por la vida sin objeto alguno, y más tarde sobre la metástasis progresiva de todo organismo vivo. Luego pensó sobre un par de arreglos que convendría hacer en la eslora del yate familiar. Luego dejó de pensar. El pensamiento en exceso era como la vida: tedioso por acumulación. Cogió en aquella ocasión el BMW deporti...