jueves, 27 de octubre de 2011

Soy una marioneta en una cuerda solitaria






Soy una marioneta en una cuerda solitaria. Olvidada.

Colgado de una estrella intermitente acaricio en mi mente tu recuerdo.

Mientras naciones enteras se declaran la guerra como buenos hermanos y el dinero gobierna al mundo, como la mierda al moscón cojonero.

Mientras el sistema agoniza y nosotros lo prefiriéramos bien muerto.

Hoy, que los niños de ocho años tienen cuenta de Facebook, de Twitter. Hoy que viven umbilicados a su iPod, iPhone, iPad, mientras yo oscilo en mi juguetona memoria la peonza de mi pasado. Las chapas. El yoyó del tiempo franqueado.

Luego, frente al espejo, contemplo al homúnculo gris que vuelve al trabajo vestido de fracasado.

Hoy que el tercer mundo es veinte veces el primero, pero seguimos exprimiéndolo como un pomelo.

Hoy que ni la sangre que vertemos merece el sacrificio del carnero.

Hoy que los empresarios pretenden hacer a los calvos cortes de pelo. Hoy que del aliento de los poderosos emana Zyklon B y genocidio obrero.

Hoy, espero.

miércoles, 26 de octubre de 2011

Apretando




Apretando, apretando, jodiendo, que es Gerundino, no Jacobino. Esos no, que esos eran los malos. Venga a guillotinar cogotes. (Nunca de merluza.)

¿O eran los Girondinos? Mecachiiiis. Mi cultura hace aguas. Desde hace algún tiempo. Como dijo Vázquez Montalbán, hasta los treinta años no es necesario tener memoria. Luego sí, o te vuelves un enano. Un enano intelectual.

El saber es limitado, pero el desaprender nunca descansa hasta habernos enterrado. A partir de ahí, poca cosa. Apenas conocemos cabello, uñas y gusanos. Qué filantrópicos ellos. ¡Qué insigne trabajo! ¡Remordedores de conciencia en descomposición!

Haciendo aguas. Ella sí que hace aguas. Me acomodo en la balsa trémula. Mi remo de ingle en su piélago ahumado. Qué bonito es el amor. Cuando se hace. Con uno mismo o contra el infeliz de al lado.


Apretar, apretar. Bombear. Empotrar. Sexo. Sexo a raudales. Uno de los dos pretextos para seguir vivos. El otro, La muerte.


Ella gime. Yo soy fuerte. Por un instante leve. Por un dejarse llevar, de corriente. Pero fuerte. Como la halitosis del estibador portuario. Como la uña podrida de seis centímetros del usurero de extrarradio. Como el tobillo varicoso de mi suegra Sagrario.


Ahora ella me posee, me ansía, me entroniza. Me fagocita. Me vuelve roma la punta, como a un cucurucho en verano. Las pasiones cervales son como los chistes malos. No se explican. Se entienden o no. Y nos entendemos, cuando nos atravesamos.


Ahora parece llegar el momento del orgasmo. Pero me detengo en el acto. Observo la escena. Fijo el momento, como fija colmillo el licántropo. Miro sus ojos. Su cabello exacerbado. Su deseo flamígero hiriendo mi desamparo. La vida tiene estas cosas. Estas pocas cosas por las que diferimos ser incinerados. Expulsados de esta puerca vida. Carne de desahucio. Pero queda lo poco bueno. Y habrá que aprovecharlo. Ahora o nunca. Por eso me contengo mis ganas de muerte. Mi facultad de orgasmo.

Ella me mira alarmada. Pausa inadecuadamente prolongada. Tormenta dorada que espera, como su cabello revuelto sobre la almohada.


–¿Por qué te detienes? ¿Qué cojones pasa? ¡Estábamos en lo mejor! ¡Sigue un minuto más! ¡Que no me queda nada!


–Lo siento. Es un experimento.


–¡Pero sigue! ¿Por qué demonios te quedas parado y te atoras con la mirada fija, sin moverte…?


–Es que estoy probando una nueva técnica sexual sacada del Internete.


–¿Y cómo se llama?


–Buffering...

lunes, 24 de octubre de 2011

Mi coño de la guarda




Lámeme. Lámeme esta noche y no vuelvas.

Ojos como escarpias. Dedos arteros sisando la tibieza del cuerpo. Como la cellisca a la dermis de un cisne en invierno.

Aquella puta. Mi puta ovárica: mi coño cosmológico. Mi musa. Una balsa de humanidad entre tanto esperpento. Entre tanto circo. Entre tanto cuento.

Poesía eran los contornos al viento de su vestido.

Tenía un coño como el Hermitage. De dominio público.

Era la feminidad misma. Años luz del engendro sintético ese de Carrie Bradshaw. El desierto del Fez aún anda sacudido por las alucinaciones que produjo su radiante cuerpo en la mirada de los Bereberes perdidos. El estanque sinuoso de su cintura. El oasis fértil de su ternura en un mundo desvalijado por cuervos y políticos: economistas del descuido.

Ella conocía la verdad: lo esencial es invisible a los ojos. Lo esencial está en el interior. De los calzoncillos. De la billetera: del estiércol.

Lo más bonito de las personas está en su interior. Quizá esa frase fue suya. O de Jack el Destripador. O de Simbad el marino. Familiares míos.

Era una meretriz ilustrada. Me ponía al corriente sobre Strindberg. Rabelais. Bernard Shaw. Vallejo. La conciencia social cósmica emanaba como un estigma seráfico de su hospitalario agujero negro. Muchos menesterosos lloraron calmos sobre su felpudo de proverbial beneficencia.

Mientras, en las aceras, el amor era una metáfora grotesca traída por los pelos a un mundo oscilante sobre un eje vencido.

Fuera de su coño cálido, el mundo no tenía sentido. Hoy sigue sin tenerlo.

Una noche triste como un cenicero vacío, la muerte fue su encuentro. Intrigada, quiso conocer la maravilla de su hospedaje, de púrpura y armiño. Tanto le conmovió que acomodó en el vientre de la Venus su nido. Se personó disfrazada de amante posesivo.

La hoja del puñal, al atravesar el abdomen de la deidad, se derritió, como pidiendo perdón por el error cometido. Pero ella, mi musa, no murió entonces. Tampoco lo haría nunca. Al punto final de los finales le siguieron dos puntos suspensivos.

La muerte que le infligieron transfiguró en amor supracósmico. En impensable ternura. En extático polvo de estrellas. Dispersado para hacer más acogedor el silencio espacial que nos asola por dentro. El azul marino exosférico, nuestro cerúleo enemigo. Melancólico azul cobalto, como ojo de lobo defenestrado en el cauce del río.

No se fue. Se nos llevó consigo.

Esta mañana fría, de otoño mal digerido, al asomarme a la ventana, vi que llovía.
Pero yo no cedo a la melancolía porque sé que no son gotas de lluvia intrusa lo que moja las mejillas de la faz de mi piso. Es su coño enamorado, vertiendo lágrimas de flujo hospitalario para que sepa que siempre está conmigo. Acompañándome. Cuidándome. Mi coño de la guarda. Brindándome su celestial cobijo. Vaginal abrigo.

Hasta el día en que se reúna con todos.

Y conmigo.

viernes, 21 de octubre de 2011

Son demonios tus ojos




"Son demonios tus ojos. Con los que escribes."

Eso decía el parco mensaje de Facebook. Y nada más.

No conocía al destinatario. Un comunicado extraño. Un nombre ajeno. El rostro de un tío. Uno cualquiera. Uno hueco. Sintético: glacial. Transmisor de un invierno interminable, azul polietileno. Pasado ónice, menfita, ágata: corazón exprimido. Tal vez fuera un maricón, se dijo. Tal vez fantasee con que nos hagamos pajas algún día el uno al otro, junto al fuego, sobre una tupida alfombra de pelo, en alguna casa rural con encanto neutrino. Pajas laxas. Repletas de cariño. En una postal de ensueño mientras afuera nieva y escarban los animalillos: mientras son devorados. Por el frío.

Sí. Probablemente alguien que se expresara así, con poesía nauseabunda que afloraba como roña debajo de las uñas, supiera más de una anécdota con pollas que poder contar a aquellos nietos que nunca tendría.

También tenía una solicitud de amistad del desconocido.

"_____ quiere ser su amigo en Facebook".

Tal vez aquel hombre se hallaba a la espera, agazapado, como un linfoma polizonte en un vasto humor vítreo.

Tal vez fuera un asesino. Su asesino. Allanando el camino. Estableciendo vínculos. Aproximándose.

O algún admirador secreto, que lo hubiera estado cercando en la sombra. ¿Pero, admirador de qué? Había poco en él admirable. Era como tantos otros: un sacrilegio a cobro revertido. Quizás alguien que le seguía la pista por su pasado. Todos tenemos un pasado. Un pasado que se resiste a morir, como el final de un pitillo. A veces ni nosotros aceptamos que algo haya ocurrido. Pero ha ocurrido.

Son demasiadas las preguntas. Demasiado el absurdo. Demasiado pesado el interrogante cuando somos el punto. Demasiado lo que ignoramos. Demasiada la capacidad de interrogarse sin poder atisbar la sombra de una respuesta. El hombre es un náufrago en un área minúscula de isla desierta, que es lo que conoce de sí mismo.

Decidió contestar.

Nuevo mensaje para "_____":

"Serán demonios mis ojos, pero no el tercero.

Murió en mí la juntapalabría. No logré huir de mí mismo.

Mi escritura se enfangó con mi dolor, se ahogó allí mismo.

Hoy duermo sin sueños, al borde del abismo.

Con esto, no hallarás respuesta.

Yo no lo he conseguido.

Date por jodido".

Enviar.

Mensaje Enviado.

Incendio.

Retiro.

miércoles, 19 de octubre de 2011

Aletas y carracas: binomio satánico






Mientras yo me remojaba decidido surcando las frías agüitas oceánicas, libre como un pajarraco en un vertedero, suelto como un estómago diarréico, algunas parejas de mediana edad, sus críos llorones y más de un viejales de nívea orografía dérmica, se lo pensaban muy mucho. Bueno, los niños no se lo pensaban. Más bien eran sus padres, desconfiados, los que no lo tenían muy claro. Que si aguas profundas. Que si qué miedo, que no se ve el fondo. Que si está muy fría. Que si me mojo el moño. Que si nos dicen "no se alejen mucho de la embarcación" por algo será. Que si algún depredador marino suelto y adiós al invento.

Joder con los miedos.

Es lo que tiene el pacífico, señores: te zambulles o no. Es lo que tiene la vida: te mojas o no. Y la gente tiene infinitos asuntos de qué preocuparse. No pueden permitirse la asunción de muchos riesgos. Hipotecas. Letras del coche. Sanguijuelas a su cargo. Paquetes de viajes transoceánicos en modalidad de pago aplazado. Dolores de muelas. Dolores de Cospedal y sus propiedades secretas. María Dolores Pradera, cuando en la radio suena y nuestros tímpanos cercena. Y fíjate tú si ahora voy y me pasa algo. Y fíjate tú si ahora voy y la palmo. ¡Más desgracias, lo que nos faltaba! Que no, que no me meto.

Pero yo soy distinto. Siempre independiente. Siempre solitario, a salto de mata. Un zascandil, un rufián, un bohemio. No me extraña ni el perro. Esta semana, Rufo se ha quedado con los vecinos. Y con sus malditos hijos. Que lo ponen en mi contra agasajándolo con chucherías. Cuando a la vuelta vaya a recogerlo, seguro que me morderá de nuevo. Con delectación. Saboreándolo. Maldito chucho pulgoso. Lo único que me dejó el viejo. Eso y sus deudas de juego, que no asumí. Cómo mola ser huérfano.

Algunos turistas se echan cócteles y mojitos al coleto. El bar está a pleno rendimiento. Como lo están la mayoría de los del mundo. (El trago es un mecanismo de supervivencia. Vuelve romos los bordes con que nos hiere la vida. Ayuda a resistir. Como los divorcios. Como el bromuro. Como los anti-represivos. Pero no se lo digáis a nadie. Es un secreto a voces mudas). ¡Ah, Estos guiris, rosados como gambas, achicharrados en su aceitillo corporal! Los menos de ellos, medrosos, timoratos, chapotean a escasos metros del barco. También han dejado bañarse a algunos niños. Lo infiero por sus graznidos inconfundibles.

Yo soy el más chulo del barrio y me alejo un buen trecho,
desplazándome grácil, navegando derecho,
con mis aletas de los chinos, mil mojitos en el pecho.

Que diría Quevedo. Y si no lo dijo, pues haberlo dicho, rediez.

Aletas Talla XXL. Pese a que calzo un treinta y nueve. Hay que fardar. ¡Toma aletazas! ¡Parezco un sireno! Soy de la peor categoría homínida: calvo, achaparrado y puñetero. ¡Los enanos inventamos la mala leche! ¡La necesidad de reafirmación! ¡Cuidadito conmigo!

Me pego unas buenas brazadas a pleno rendimiento, pataleando brioso, para que se deleiten conmigo. Es verdad que, más que delfín, parezco seboso león marino, pero no carezco de potencia, ni de esplendoroso vigor masculino. Al detenerme estoy exhausto. Respiro hondo. Miro hacia el barco. Parece que mi demostración de fuerza ha causado sensación. Me silban. Gritan. Casi pareciera que aúllan. Sí que están conmovidos, leñe. Parecen seguidores balompedísticos mismamente. Pero hay algo raro. ¿Qué será lo que señala la alemana histérica esa, ventrosa como un Apfelstrudel? ¿Y el turco esmirriado y peludo? Todos parecen apuntar alarmados en dirección a algún lugar detrás de mí. ¿Qué leches pasa? Me giro. Uy. Uy, la virgen. Eso que se acerca a toda velocidad es… no…. ¡dime que no! ¡La aleta dorsal de un tiburón! ¡Y viene directa hacia mí!

Nado como un demente en dirección al barco, completamente descoordinado por el miedo. Echando espuma como un energúmeno. El cruel escualo se me debe estar acercando a toda leche, a judgar por las expresiones de espanto de los guiris y las muecas de horror de sus niños. ¡Maldito bicho inmisericorde, apiádate de mis chichas! ¡Un poquito más! ¡Vamos, ya casi he llegado al barco!

Algo acontece. Noto una sensación rara al intentar avanzar, como si me hubiera enganchado con algo en mi pataleo. Como una especie de choque. Un bloqueo. Luego oigo una especie de crujido seco, desagradable y horrísono. Como el sonido de una carraca venga a girar. Sin detener mi forcejeo, giro el coco y miro. ¡El maldito tiburón está masticando mis aletas! ¡Y están ensangrentadas! ¡Algún dedo, como pinchito, me ha cogido!

Y sigo pataleando un poco por sentido de coherencia, algo tendré que hacer. Pero en seguida me pongo a cavilar y me abstraigo. Es un defecto que tengo. Cuando padezco mucho estrés me evado. ¡Su hijo es apático! le decía a mi madre el doctor Ceferino. Pues no lo debe ser siempre, contestaba mi santa madre, porque fuera de aquí es muy salado, el chiquitillo. Pero cuando iba allí, a la consulta, ¡hija, nada que hacer!: distraído perdido. Ni contestaba. Ponía cara de besugo y babeaba. Poco más. Pero el origen del problema estaba en Don Ceferino. Era tan superlativamente horroroso que su fealdad me estresaba, su rostro me parecía como una antesala de la muerte y, claro, yo me bloqueaba sobremanera. ¡Pobrecillo!

¡Ay este niño, siempre se le va el santo al cielo! – suspiraba mi madre.

La pobre tenía razón. Y más en este caso. ¡Y tan al cielo!

Yo también estaba en lo cierto: al final, la vida es meterse o no (en la boca del tiburón).

martes, 18 de octubre de 2011

Sólo lo entienden los muertos







Oh sí, nena. Serás una mujer pronto. Miro tu culo de mal asiento. En los callejones, en los centros comerciales, en la cafetería, en el metro. Todas son una porque uno mismo es el deseo. La belleza, gran invento. Ellas: ella. Una efigie escultural, símbolo del esplendoroso pasado mesopotámico perdido. Una bomba de relojería auspiciada en el alicatado del rostro maestro. En la sinuosidad del aspídico contorno. Estás inmersa en la flor de todo, en la odiosa supremacía de lo perfecto. Acaparas la brutal belleza, la detienes en el tumulto de la eternidad, como un oasis en medio de este cráter infecto en el que nos ajetreamos. Tienes eso. Eso que tan episódico resulta, que tan pronto se desvanece, como la creencia de un futuro en nuestras manos. Al menos eso te pertenece. Dure lo que dure.

¿Y nosotros, el resto, qué cojones tenemos? ¿Qué nos queda? los demás nos debatimos en un medio hostil. Decadente por aburrimiento. El común de los mortales ofrecemos ordinariez: una picha de ocasión. Siempre en oferta. Y ni siquiera una gran picha. Normalita. Circuncidada abulta menos. Más o menos lo que una salchicha para perros. Y también tenemos esta cordura que, por hacer algo, huye del tedio en busca de la vesania y su reino.


Tenemos nuestros televisores. Nuestras Play Stations. Nuestros iphones. Nuestros facebooks. Artilugios diversos. No tenemos un carajo. Pero lo ignoramos. O no queremos saberlo. Pero habrá que pasar el tiempo. Digo yo. Industria del entretenimiento. Ahora se ha vuelto a poner de moda la crisis. Cojonudo invento. Te mantiene entretenido la mayor parte del tiempo en que no estás oficiando de galeote en las galeras del salario medio para sacar tus lastres vitales a flote. Un acertijo genial que no tiene solución pero estás constantemente resolviendo. Qué sórdido es todo esto. Qué jodido abrirse camino. ¿Que la vida iba en serio? Eso sólo lo entienden los muertos.

viernes, 14 de octubre de 2011

Si te paras a pensarlo


Qué wena está esta tía. ¿Será un dibujo? Me la raspa.

Leo el periódico. Me aburro. Estoy resacoso (vaya novedad). Soy oficinista. De baja extracción laboral. Mínima responsabilidad. Máxima ociosidad. Algo habrá que hacer para llenar las horas. No puede uno matarse a pajas en los urinarios. Todo tiene un límite. Una o dos peras como mucho y ya se está servido. Salvo que seas un jodido babuino, que no es mi caso. Y aún así, es triste tocarse el ukelele en un cubículo de 1x1,50 a la espera de que el esperma transmute en trascendencia. No nos engañemos. No suele ocurrir.

Noticias. Novedades. Leamos el truño de periódico gratuito. "Secuestran a dos cooperantes españolas tras un tiroteo en Kenia". Es lo que tiene ser cooperante. El mundo está lleno de buenas personas y mira cómo está el mundo. Ayuda a tu prójimo y el prójimo te lo recompensará cagándote en la cara. Es triste pero es así. El altruismo es una modalidad de conducta humana infinitamente menor numéricamente que el egoísmo, la crueldad o la coprofagia, pongamos por caso. Así funciona. No nos chupemos el dedo, que ya está renegrido y sabe a caca. Kenia. ¡Kenia! Kenia suena a Enya, cuya música es un truño y casi siempre ponen sus ñordos de canciones fangosas y pseudo chill out (of here, please!) en las peluquerías o en los hilos musicales de los dentistas. En las antesalas de las bodas, cuando estás inquieto esperando el tragamen y te tienen de pie como un idiota esperando el sacrificio de la ceremonia, que es una mentira muy gorda y pestosa elevada a categoría de verdad protocolar ineluctable. Así funciona el ser humano. Instaura un cagarro conductual, lo siembra durante generaciones para que los que nos sucederán estén jodidos de antemano, sin margen de manubrio (perdón, de maniobra) y luego pelillos a la mar. Está bien eso. Yo comí mierda que heredé de mis predecesores. Ahora os vais a cagar los que me sobreviváis. Alea caca est. Es lo justo. El absurdo genera sucesión. Como que estire la pata una anciana. Como mi ojete cuando ceno fabada.

Pero me estoy apartando de la esencia, yo quería hablar sobre las cooperantes españolas bien jodidas sin haber siquiera olido un buen rabo keniata. El olor a cojón de negro no tiene parangón en el mundo conocido, creedme. ¿Qué cómo lo sé? Pues porque soy blanco y los míos ya huelen que alimentan. Imaginaos un mastuerzo de ébano corriendo por la sabana con el huevamen supurando almizcle nº 5 perseguido por un jaguar que se lo quiere merendar. Canela fina. No hace falta meterse un palo de escoba por el culo para saber que duele. Eso me digo yo a menudo. ¡Aaay! ¡Senectud, divino engorro!

Pero, antes de todo, ansío decir "adminículo" (como veis, son modestos mis íntimos anhelos espirituales). Permitidme tamaña licencia idiomática-lingüístico-hemorroidal. Es una palabra que me gusta mucho. Primero, porque no se dice todos los días. No me lo desmintáis, tarambánicos rufiánidos míos. Es muy fina y cultureta. La palabreja. Segundo, porque adminículo rima con testículo, lo que la convierte en elemento léxico adorable en cuanto a sus posibilidades rimadas. Tercero, porque su definición es ésta: "Cosa pequeña y simple que sirve de ayuda o complemento de algo". Bien. No me negaréis que los testículos están comprendidos en esta misma definición, si no nos ponemos estrictos, "es-tracto" (de la cuenta del banco). Y por eso quería usar adminículo. Forzar la ingesta de una frase para vosotros, mis estúpidos, inconstantes e inexistentes lectores. Mirad qué bien luce: ADMINÍCULO. Parece uno culterano y todo. A cagar.

El caso es que hay dos cooperantes españolas secuestradas en Kenia y qué queréis que os diga. Resulta ser una realidad triste que siempre jodan y maten a quien va a ayudar a los desamparados. Por eso os digo. Muéstrate al mundo. Dale toda tu bondad y el mundo te dará por culo. En general, casi todas las buenas obras que prodigas tienen alguna recompensa. Recompensa muchas veces pagadera por detrás. Y así va todo. A ver cuándo coño nos autofagocitamos de una puta vez y acabamos con este macabro lastre que supone la especie humana en la intercostalidad terrestre. El problema no es que el ser humano se dirija a la autodestrucción. El problema es que lo haga demasiado tarde, qué cojones. Cuando ya no reste ni una maldita cucaracha viva habremos acabado con toda vida conocida. ¡Bravo! Se nos otorgaron posibilidades ignotas y como siempre sacamos provecho de nuestro trocito peor. De nuevo, somos un truño. Nada nuevo bajo el sol.

Sobre la historia de los cooperantes secuestrados cada dos por tres, me viene a la cabeza la historia de un amigo al que pseudonimaré, por ejemplo, Cacasio. Suena mal: acertarás. Bueno, pues el bueno de Cacasio estaba con otro socio cooperante de no sé dónde en el jeep. Estaban cruzando una carretera de mala muerte para ir a comprar víveres, o a recoger agua, papilla, qué sé yo. Cualquier cosa de esas de primera necesidad de las que carecen los pobrecitos refugiados. El caso es que, de la nada, aparecieron unos cuantos rebeldes con fusilli (con carne) Kalashnikov y les dieron el alto. Les apuntaron quedamente con las armas al careto, un poco despreocupadamente, como el que apunta con el boleto del número al carnicero cuando pita el cacharro luminoso y llega su turno. Como quien se saca un moco. Y bueno, os podéis imaginar. Cagados vivos. Todos somos cobardes. Pero más si cabe cuando la señora Muerte asoma por la mirilla de un cacharro de suministrar muerte absurda. La historia, afortunadamente, no pasó a mayores. Sobornaron copiosamente a los soldaditos insurgentes y salvaron el pellejo. Luego mi querido Cacasio me dijo que, pasado el susto, volvió a la covachuela, cabaña, o donde cojones se alojara de aquel país (creo que era Gabón, pero vete tú a saber con la cabeza hueca que tengo) y se echó a llorar como el niño que todos somos y nos pasamos la puta vida entera escondiendo para que no nos destruyan más de lo que ya lo hacen las mujeres, los jefes, la vida, la celulitis existencial, dopada de transaminasas en caída libre hacia las anfractuosidades putrefactas del alma infértil. ¡Que se echó a llorar, dice! Yo me hubiera echado a llorar, a mear, a cagar, a vomitar, a esputar, a convulsionar, a reverberar como la cuerda de una lira desafinada, a temblequear como una dentadura postiza en un vaso de agua en la repisa de un tren. A morir sin fenecer todavía. ¡Menudo disgusto! En fin. Cosas que pasan. No somos nada. Moscas revoltosas en el ingente cerote planeta tierra. A ver cuándo nos vamos dando cuenta. Nuestra contribución a esta supurante e inútil sucesión de soplapollismo sociocultural-humano-hediondal como mucho podrá ser un coeficiente mínimo. Un cero coma cero, cero, cero, cero cero-te bien gordo. Ahí lo llevas. ¡Calentito!

Creo que debería hacerme alcohólico porque últimamente sólo escribo cuando estoy borracho o (sobre todo) cuando esto resacoso, para sobrellevar la mañana lo menos dolorosamente posible. No escribo bien, eso ya lo sé, y hace mucho tiempo que no me engaño sobre mi nulo talento, pero ¡joder, me entretengo! Y en estos tiempos de crisis galopante (desde que tengo uso de sinrazón siempre hemos estado en crisis, maldito tercermundismo europeísta: mejor ser el primer PIB de África que el último cagarro en Europa, como de hecho somos) no está mal tener hobbies que no cuesten dinero y fomenten el desarrollo del espíritu (de la colmena) y el alma (Mater). Que las putas y los casinos dilapidan los pocos duros que podamos acopiar en vida, señores, y tampoco son la panacea. De todo se harta uno, como dijo Josefina después de pelarse al enésimo legionario de triste figura.

En fin. Recuerdo que en un tiempo andaba siempre preocupado por cómo escribir un libro. Qué ideas geniales verter, qué comienzo brutal pergeñar para dejar anonadado al incauto lector neófito. Qué sutil trama, qué ferviente desarrollo, qué sorpresivo desenlace diseñar para que se le caigan las bragas hasta al apuntador. Ya se sabe. Los comienzos siempre son jodidos. Luego, cuando ya has mojado la puntita, todo empieza a fluir como la seda. O debiera. Pero qué cojones, con el tiempo uno aprende que nada es genial per sé. Hay que escribir, no un huevo, sino tres huevos y medio, sudar tinta, dejarse las cejas en el asunto, porque nadie nace cagando genialidad. Ni siquiera el mejor poeta del mundo se pee en alejandrinos. Hay que lucharlo. Hay que hacerse un hueco a hostia limpia, arriesgando que te partan el cacas a cada envite. Esto es un poco como la esgrima o como empalar a tu prima travesti. Metes pincho y arriesgas que te claven en el intento. Hay que jugarse la boca. No hay otra. A bailar con la más fea. A follársela si se deja. Con los años, la experiencia y lo que los críticos botarates tienen a bien llamar "trayectoria" (que para entendernos es lo que deja de marronáceo recuerdo un zurullo cuando cae derrapando por el cagadero), si tienes suerte y no has palmado o desistido por el camino, acabas teniendo algo, no mucho. Te sobreviene el estilo. El estilo, eso que nunca se aprende. Se tiene o no. Luego hay que contar cosas. Suele estar bien. También hay gente que teje urdimbres, historias, intrigas, caracteriza personajes protagonistas, secundarios, y la biblia en verso. Menudo coñazo, joder. Yo elijo otro camino. El que me sale del chumino. Y perdón por la vulgaridad, que no viene al caso.

Tengo un amigo escritor al que le transmitía mi inquietud sobre cómo empezar un libro y me dijo una frase chorra que al cabo, resulto reveladora. Me dijo: "escribir un libro es lo más fácil del mundo. No tienes más que empezar a escribir. Una frase tras otra, una página detrás de otra, hasta que tengas bastantes páginas juntas. Y a cagar. Ya está hecho. Lo difícil no es escribir un libro. Lo difícil es que no sea un truño. Que el libro tenga alma, corazón, dientes y polla. Y que te la meta al leerlo. Hasta el tuétano. Que se te meta tan fuerte por el culo, por la boca o por donde sea a leerlo que no puedas sacártelo ni con forceps". Bueno, mi amigo no dijo todo eso, pero a los hombres sabios hay que leerlos entre líneas, para seguir aprendiendo. Y a los idiotas como mi amigo hay que leerlos como te salga del nabo.

Pero bueno, hoy estoy expansivo. Me noto envenado, con la picha bien dura, preparada para dar guerra. Y eso a pesar de la tremenda resaca que tengo. Porque me he levantado bailando y cantando, esa es la parte fácil, pero ahora estoy supurando cubata y cagándome en mi conducta disoluta. Pero hay que ser fuerte. La vida aprieta pero no ahoga. Encula pero no se corre, a la espera de la siguiente metida, que siempre acaba llegando. ¡Aaah, la poesía! Puedo escribir los versos más cutres esta noche. Es más, creo que hoy podría sacar genialidad poética hasta de la pelambrera apestosa de encima del pijo. Tal es mi arte. Tal mi enjundia. Basta liberar el cacumen, dejarlo volar libre. Luego, tras la gran vomitada de cháchara inservible te afanas como jardinero en arrancar malas hierbas. Podas, esquejas, quitas de aquí y de allá y te quedas con la perla, si existe. Si no, da lo mismo. Dejas el ladrillo entero allí mismo y allá del pobre que tenga el estómago para tragarse tu ponzoña.

Empieza el dolor de cabeza. Yo creo que debo andar coqueteando con el derrame cerebral. Mi cerebro es una esponja grumosa que no para de supurar estulticia y desperdicio. Para esto hemos quedado. Me pauso un segundo. Respiro. Es inútil. Nada que hacer. La resaca es inminente. De hecho, ya está aquí. Qué hacer. ¿Escribir? Para qué, joder. No me voy a sentir mejor. Cuando sueltas la cagalera te alivias. Hasta dos minutos después, que te quieres morir. Este estómago nuestro sangra. Nada puede detener la hemorragia, conculcar este daño, subvertir esta herida, suplir este vacío, enervar esta aguja de metal y escarnio, de ceguera y espina. Hala, ya he soltado varias frases idiotas de falso escritor pretendidamente poético y sabihondo. Ahora ya me puedo morir, que ya se sabe, todo el mundo alcanza la inmortalidad cuando ha hecho una línea buena o dos. Derrames a mí. Estoy listo para lo que haya de venir. Joder, qué mal me encuentro. Que alguien pare esto. Yo quiero bajarme. De mí mismo. De este gran desierto que me habita por dentro. Yo quería hablar sobre algo. Escribir un buen relato. Pero ya no importa. Nada importa demasiado, si te paras a pensarlo.

martes, 11 de octubre de 2011

Sentado en la calle solo y llovía



Sentado en la calle solo y llovía.

No sabía en qué pensar, aunque, naturalmente, pensamos todo el tiempo, un poco por defecto. Aunque no lo pretendamos, cuando no vegetamos. Recordaba algunas mujeres extrañas a las que había mirado a la cara por la parte de las raíces. Cómo alguien que un día te gustó puede volverse con el tiempo desagradable a tus mismos ojos.

Cómo empezó a apretar la lluvia. Cómo empezó a oscurecerse el vacío de las horas yertas. El pavimento aún no sabe hacer compañía. El asfalto nunca conoció el calor que vierten unos senos sobre la faz de un sediento.

Intenté meterme por un callejón para evitar el naufragio. Al pasadizo daban algunas salidas de cocinas y comercios. Olía a de todo a un tiempo, y la miscelánea no confluía en algo muy agradable. Además, casi siempre se puede hallar detrás de toda industria o negocio el hedor humano que subyace. Cuando alguna vez entraba en unos baños públicos, los de algún edificio, solía recibir esa vaharada como a cisterna. Como a canalización obturada. Tal vez nunca muy fluida. Me interrogué acerca del sentido de la hediondez humana. Por qué la madre naturaleza otorga los malos olores. Que yo supiera, los mecanismos biológicos solían operar de determinado modo con un sentido específico, generalmente lógico. Existe cierto orden que no alcanzamos a comprender del todo. Pero está ahí. Un relativismo causa-efecto. Pensaba que es un engorro que las heces apesten, claro, pero que debe existir una razón natural de esa inconveniencia. Si las heces no olieran mal, si en lugar de eso olieran bien, pongamos por caso, a carne estofada (muy propio teniendo en cuenta que un caldo de cultivo estomacal se asemeja a una cazuela pertrechando un guiso, sazonando y emulsionando con su profusión gástrica de esencias y fluidos), la madre naturaleza no poseería la garantía de que algo que, por definición debe ser expulsado de nuestro organismo, no pudiera volver a entrar a él debido a su agradable olor y sabor (presuponemos que lo que huele bien tiende a saber del mismo modo, o al menos de un modo similar, aproximativamente). Como se tendería a la posibilidad del equívoco, la demiurgia natural concluyó que lo mejor eran excrementos de los que uno quisiera librarse y dejar atrás cuanto antes. Parece muy consecuente. Lo que el cuerpo excreta es desecho puro y pestífero. Cuanto más lejos, mejor.

¿Y el mal olor corporal? ¿Qué supone? ¿Una advertencia para que nos aseemos? ¿Y por qué razón hay que asearse? ¿Lo hacen las bestias en el campo cuando huelen a choto? Sí, bueno, en cierto modo se asean dentro de unos mínimos, pero la cuestión más cotidiana, la exudación más inmediata, tampoco es una inconveniencia que les vuelva locos. Las criaturas emanan olores diversos. Porque toda la creación apesta desde el mismo día en que tuvo lugar la vida: lo vivo permanece siempre muriendo y lo muerto nos revela la esencia de la descomposición.

Al atravesar el callejón ya no llovía tanto, resultaba soportable, así que busqué un banco húmedo en la calle para acomodar allí mi inquietud serena. Pensé en ella. En todas ellas. En el motor cansino que sacude todas las cosas: el amor. En esa absurda fijación por buscar el origen, por salir de nuevo al encuentro de lo perdido. En los noctíferos valles de locura que hospedaban mi alma, un dardabasí pretendía cantar como balan los lechazos en el matadero. La primavera extendía su humus vítreo cubriendo los intersticios poblados de polvo y pujanza. Por qué la pasión. Por qué el fuego. Por qué la lucha, la vida, siempre en estrecho forcejeo con el desistimiento, con el abandono, con la asimilación del eventual deceso. Me imbuí tal trascendencia que terminé por pensar en la dama nívea del culo escamoso. El desagrado que me produjo su tacto epidérmico. Tocar sus glúteos en la oscuridad de aquel cuartucho me permitió oficiar por vez primera de pescadero: acariciar su montura era como raspar un fletán, de tan velluda como era. Pero como estaba tan oscuro, hasta el amanecer no podía comprobar qué era aquello, y fui incapaz de entrar al tema. Intentaba abstraerme, dejarme llevar por los tocamientos, los besos, pero mi mente y aquellas escamas copiosas formaban una unidad indisoluble. Escapé de allí horrorizado a la luz del alba, temiendo haberme acostado con alguna clase de travesti operado. Ese fue mi primer encuentro con el vello corporal selvático y espero sea el último.

Siguió lloviendo, de un modo grisáceo y suave en mi ópalo interior.

Retiro.